...es difícil empezar a hablar de algo que no conocía, algo de lo que nadie me habló, algo que apenas comienzo a comprender y a sanar.
Mucho se habla de la maternidad y de la bendición que los hijos representan, pero muy poco se dice de lo que una madre siente después de parir.
Nunca he dejado de ser sincera y ésta no será la ocasión. Tengo mucho que decir, mucho que compartir y espero de todo corazón que mi propia experiencia sirva para que al menos una mujer deje de sentir lo que yo viví en carne propia.
Todo comenzó hace años, cuando súbitamente apareció en mí el deseo de ser madre. Lo puedo interpretar como un llamado de la naturaleza diciendo... "ya lo quieres, ya estás lista", y esa pequeña voz se dejaba escuchar lentamente y poco a poco una y otra vez, hasta que logré exteriorizarla y en aquel momento, mi sabia madre me dijo "no hija, espérate, los hijos son una bendición y son lo más hermoso de la vida, pero también debes tenerlos cuando ya hayas vivido muchas cosas importantes. Piensa que ya no vas a poder viajar como antes, ni volverás a dormir igual, pierdes un poco de libertad, mejor sigue divirtiéndote un poco más, y luego, ya, ten un hijo, sí debes tener un hijo, aunque no te cases", y de algún modo, me hacía pensar, y la idea de ser madre se detenía un poco.
De pronto, mi madre se fue y con ella la mejor amiga, el oído incondicional, el abrazo constante, el cuidado desvelado, mi pañuelo, mi confidente, mi guía, mi luz.... poco a poco llego un vacío justo a la mitad de mi pecho, un dolor profundo que traté de ignorar. "La vida sigue", todos dicen, y poco a poco olvidamos que hay cosas que parecen no seguir, algo realmente se detiene y te impacta; y así la vida se va llenando de cosas tristes que vamos ignorando. Un saco se llena y se llena y hasta olvidamos que lo vamos cargando.
Un día, le dije a Luis "creo que ya quiero ser mamá", él me dijo, " a mí todavía me falta tiempo"... y en ese momento sentí que yo era la peor mujer y la más fea, etc. En ese momento me empeñé en demostrar que yo podía ser la mejor de las madres y así, dejé de pensar en todo lo demás que conlleva ser madre.
Se nos enseña que las madres son mujeres que dan todo por los hijos, se nos enseñan muchas cosas y otras tantas aprendemos mientras vivimos a nuestras propias madres, pero el día de hoy puedo decir con toda certeza que muy pocos conocimos realmente lo que nuestras madres pensaron, porque muy pocas se atreven a hablar de la verdadera maternidad, pero sobre todo, muy pocos nos atrevemos a preguntar algo que no queremos escuchar.
En mi cabeza se sentó la idea de ser mamá y ya nunca se fue. Luis no estaba muy convencido y pensaba que era demasiada responsabilidad y que debíamos tener mucha más estabilidad antes de dar un paso así. Yo no lo escuché, yo tenía muy claro en la cabeza lo que quería. Un día me dejé de cuidar y al siguiente mes me embaracé. No podía sentir más felicidad, por fin, me sentía todo lo mujer que una se puede sentir, tenía ganas de gritarle al mundo que iba a ser mamá. Luis siempre me apoyó y también lloró de felicidad.
Los meses fueron avanzando y cada día era uno menos para conocer a mi bebé. Poco a poco fui cambiando; más panza por aquí, más náuseas por allá, pero siempre mucha emoción. Compré todos los libros que podía, leí todos los blogs que encontré, me registré a todas las revistas de bebés y poco a poco fui avanzando en este camino de la maternidad. Todavía hubo un día más feliz, y fue el día que nos dijeron que era niña y la vimos moverse de un lado a otro en el ultrasonido. Luis y yo queríamos contarles a todos que tendríamos una hermosa niña. Empezamos a buscarle nombres y a soñar con ella.
Los meses avanzaron y hubo complicaciones, el líquido se redujo, la niña estaba en riesgo y entonces sentí que mi mayor felicidad se veía amenazada. ¿Cómo era posible que algo tan hermoso pudiera dejar de estar? Tuve que guardar reposo y dejé de ir a trabajar. En ese momento lo único que me importaba es que la niña pudiera mantenerse dentro de mí. Hice todo lo que me dijeron, recé, tomé toda el agua que pude y no me moví de la cama. Poco a poco el líquido subió misteriosamente, algo que los doctores no podían creer. Luis y yo seguíamos tomando el curso psicoprofiláctico y nos encantaba que nos platicaran sobre todo lo que íbamos a vivir. Un día Sandra, nuestra instructora, me dijo, "Blanca, ese líquido pudo haber bajado tanto por estrés, deberías ir a terapia pues me parece que tienes ataques de pánico". Yo la ignoré y pensé que todos los síntomas eran causa del embarazo.
De pronto, un día, mi querido ginecólogo Serafín, me dijo "niña, ya hay muy poco líquido y esta bebé no va a crecer más y podemos ponerla en riesgo, así que te espero mañana a las 5 de la mañana en el hospital para hacerte una cesárea"....... ¿qué??????????, me faltaba un mes, .... ¿Y mi parto natural??????? ¿Y mi incapacidad laboral?????, uffffffff, miles y miles de interrogantes en mi cabeza. Traté de tranquilizarme. Luis me invitó a cenar. Fuimos a Antara, comimos pizza y tomamos dos copas de vino y brindamos por la última noche solos. Llegamos a casa, preparamos maletas y nos dormimos. A las 4 ya estaba de pie en la regadera pensando que en pocas horas conocería a mi Valeria, no podía pensar en nada más. No tenía miedo, sólo curiosidad y emoción. Luis sacó la camioneta, subió todo y minutos después ya íbamos camino al hospital. Decidimos no avisar a nadie pues queríamos vivirlo solos y más tarde y cuando todo estuviera bien, ir avisando poco a poco a nuestros seres cercanos. Antes de llegar al hospital, Luis se detuvo, y dijo "Valerita, nos vemos al ratito acá afuera", me dio un beso en la panza y subió el volumen del estéreo..... "abre tus ojos al cielo, tu pulso empieza a latir, déjanos ver cómo eres,...despierta de tu sueño, bienvenida a la vida, tu alma está por nacer".... y así, al ritmo de Aleks Syntek llegamos al hospital.
En un abrir y cerrar de ojos, ya estaba en el quirófano, con la anestesióloga a mi izquierda y Luis a mi derecha, Serafín operando y Ernesto a punto de recibir a Valeria. Yo, no sentí ni la epidural ni la cesárea, por lo que pregunté, "¿a qué hora empiezan la cirugía?" y la anestesióloga se río y me dijo, "qué bárbara, si eso que oyes son tus intestinos, el doctor los está haciendo a un lado para que tu hija pueda salir". De pronto vi que Luis se levantó, me soltó la mano y segundos después escuché por primera vez a Valeria...... un momento indescriptible, la sensación más hermosa que como mujer puedes experimentar. Dos minutos después, Ernesto, el pediatra, me la acercó y la pude ver y tocar. No lo podía creer, era perfecta y como por arte de magia en cuanto la abracé dejó de llorar y trataba de abrir sus ojitos. Creo, sin temor a equivocarme, que ha sido el momento más hermoso que he experimentado en la vida.
Me llevaron a una sala de recuperación y me dejaron ahí por 4 horas, las más largas que recuerde, pues a pesar de estar anestesiada, no podía dormir, sólo quería ver a Luis y a mi bebé. Como a las 11 me llevaron al cuarto y ya estaba ahí mi papá. Para ese momento todo Facebook ya sabía que había nacido Valeria y poco a poco fueron llegando las visitas. Más tarde me llevaron a Valeria y pedí un momento para que solo Luis, ella y yo nos presentáramos como la nueva familia que somos.
Así fue el nacimiento de Valeria, lleno de emoción, felicidad y tranquilidad. Poco a poco, fue pasando la anestesia, fueron llegando más visitas y fui entrando en el túnel más oscuro de mi vida, el momento más duro, triste y difícil de comprender. Todo lo que antes había sentido, esa felicidad indescriptible, la emoción, todo empezaba a desaparecer y a cambio sentía inseguridad, tristeza, demasiado cansancio, muchas ganas de llorar, pero de repente llegaba Valeria y me volvía a entusiasmar, veía su cara y no podía creer que era mi hija. Las enfermeras me decían que le diera de comer y yo lo hice tal cual me enseñaron en el curso, pero no me habían dicho que no era tan fácil que la niña empezará a comer. Cuando uno ve las revistas de maternidad ve mujeres sonrientes ofreciendo el pecho a los niños y ellos, plácidamente comiendo con una sonrisita y pues nada de esto se compara con la realidad, los niños lloran porque tratan de comer con desesperación, pero la leche tarda en bajar más de dos días y ellos se desesperan, pero tú más porque te han dicho toda la vida que es lo más natural del mundo y nunca te explican que la famosa leche no sale de forma instantánea, entonces muchas mujeres creen que no tienen leche, que no les sale, que no son buenas amamantando y abandonan la hermosa tarea de la lactancia. Yo no cedí, y cada que me llevaban a Valeria intentaba que comiera algo aunque sabía que no me salía nada aún.
El domingo salimos del hospital, mi suegro, Valeria, Luis y yo rumbo a la casa, en donde nos esperaban, mi papá, mi cuñada, mi suegra, con letreritos de bienvenida y muchos detalles para recibirnos. Yo no me sentía bien y solamente pensaba " ¿por qué me siento tan triste si dicen que este es el momento más feliz en la vida de una mujer?". Solo quería dormir, me sentía demasiado cansada y con un hueco en medio del pecho que cada minuto crecía más y más. Llegó la primera noche, la peor. Valeria comenzó a llorar pero no tenía hambre, pues le acababa de dar de comer. Yo me sentía muy mal. Luis me veía con cara de duda y miedo a la vez. Eran las tres de la mañana y le dije que le habláramos a Ernesto y así lo hicimos. Nos dijo que tenía cólico y que era importante sacarle el aire. Yo, la escuchaba llorar y pensaba "¿en qué momento decidí tener un hijo?, es demasiada la responsabilidad" Añoraba mi vida pasada, quería regresar el tiempo y alejarme de ahí corriendo lo más rápido que pudiera pero estaba metida en cuatro paredes con una bebé llorando y un hombre peor de espantado que yo. No entendía lo que me pasaba pero cada que Valeria lloraba yo sentía que me iban empujando más y más a una barranca sin fondo. Pasaban los días, la gente llegaba a mi casa y yo quería que se fueran, no quería ver a nadie, me hablaban y yo sólo escuchaba ruido y parecía que veía a través de ellos. Me decían "te ves bien, ya bajaste de peso, la niña está hermosa, qué bendición, felicidades" y todas esas palabras me sonaban demasiado huecas y yo decía "¿cuál felicidad?, ¿de qué hablan?"
Los días seguían pasando, mis suegros nos visitaban y llevaban comida para todos los días. Mi suegra me daba consejos y cargaba a Vale. Yo me sentía desesperada, triste, sin saber qué hacer o con quién llorar. Me sentía culpable por no sentirme feliz y pensaba "¿cómo puedo decirle a alguien que no estoy feliz?, van a decir que estoy loca y que soy una mala mujer porque no sé ser mamá." Me tragué mis sentimientos y sonreía ante todos. Mi comadre Gaby, me visitó un día y me dijo "¿te sientes bien? te veo muy triste y estoy preocupada", yo le dije que me sentía bien, sólo cansada. Otro día nos visitaron amigos y las mujeres me preguntaban que cómo me iba, que me veía bien, que había tenido suerte de no tener "baby blues", y fue cuando comprendí que todo lo que sentía podía ser hormonal y sonaba al famoso "baby blues" del que ellas hablaban, entonces les dije, "piensen bien si quieren tener hijos, porque no es nada fácil". Más tarde, cuando todos se fueron, Luis me dijo que dejara de espantar a nuestras visitas y que debería hablar de las cosas bonitas de ser mamá, y fue cuando le dije, "no está siendo bonito para mí, me siento muy mal, estoy deprimida y cansada". Él se quedó mudo y nos fuimos a dormir.
Los días siguieron pasando y yo seguía mal. Le daba de comer a Valeria y la abrazaba mucho pero no me sentía ligada emocionalmente a ella. Muchas veces le di de comer y mientras ella me chupaba, yo lloraba sin poder contenerme y sólo veía como mis lágrimas le caían en la cara....... todavía lloro de acordarme. Fueron días muy tristes para mí. Yo seguía sufriendo en silencio.
Jess fue un día a visitarme y en cuanto nos quedamos solas, le dije que me sentía mal y que estaba deprimida, platicamos un largo rato y me dijo que debía hablar con mi terapeuta para ponerlo al tanto. Platicar con ella me hizo bien y por fin pude hablar con Héctor, mi terapeuta, para pedirle una cita. Él ya me había tratado antes una depresión. Ese mismo fin de semana, nos visitaron Yadira y Humberto. Yadira siempre ha sido una amiga para mí y nunca le he ocultado nada y siento que muchas veces hemos vivido cosas similares, así que no dude en contarle lo que me pasaba y me dijo que ella conocía a muchas mujeres que les pasaba lo mismo que a mí, y que incluso su vecina estaba pasando por algo semejante, entonces me encabroné y le dije " ¿por qué chingados entonces nadie tiene el valor de advertirte que esto te puede pasar???, te juro que voy a escribir lo que a mí me está pasando aunque me digan que soy mala, que no soy una buena madre, pero alguien tiene que romper el silencio y hablar del tabú de la maternidad." Me alentó a hacerlo, me dijo "prima, tú siempre has sido fuerte y aventada, y esta vez no puede ser la excepción, escribe por favor y haz algo por muchas mujeres". Días después me llamó por teléfono y me dijo que viera un programa en donde la escritora Katia Thiele estaba hablando de depresión post parto y también me dijo "has de cuenta que te estoy escuchando hablar a ti". No pude ver el programa porque no tenía el canal pero Luis me compró el libro y lo leí en dos días. Fue entonces cuando comprendí que todo lo que yo sentía le ocurre a muchas mujeres y tiene una explicación. Todas las hormonas que se producen durante el embarazo, alcanzan niveles altísimos, que permiten que los bebés se desarrollen como debe ser, pero estas a su vez bajan drásticamente en menos de 24 horas cuando nacen, entonces esa descompensación brutal hace que nos sintamos así, además que los químicos cerebrales también se ven afectados. Todo esto se agrava si existen antecedentes de depresión en la madre, y sobre todo si la madre de la madre está ausente. O sea que en mí, todos los factores se cumplían. Yo, además de tener una reacción fisiológica y normal, estaba arrastrando una depresión anterior y estaba viviendo la ausencia de mi madre en un momento en que la madre juega un papel fundamental.
Me auto diagnostiqué con el libro y me sentí acompañada en mi dolor, pues el simple hecho de saber que por ahí había una mujer que se había sentido como me estaba sintiendo yo, me hacía sentir menos culpable y más acompañada. No era la única mujer que no se sentía ligada emocionalmente a su bebé, no era la única que tenía pensamientos intrusivos sobre hacer daño a tu propio bebé (qué fuerte decirlo, pero quiero ser lo más honesta posible sobre todos los síntomas), y no era la única que ya no le encontraba sentido a la vida. Viví momentos tormentosos, todo era para mí material para matarme y hubo días en que no quería salir de mi cama, pero el llanto de mi hija, me hacía ponerme de pie, para darle de comer y ahí estaba otra vez, de pie para enfrentar un día más. Pero fue hasta que leí el libro que entendí muchas cosas y que supe que lo que yo tenía era explicable y sobre todo tratable.
Me sentí muy sola, sí pedí ayuda pero nadie supo cómo ayudarme pues nadie conoce esta terrible enfermedad y mucho menos cómo tratarla.
Acudí a terapia y me explicaron que necesitaba anti depresivos pero no los podía tomar pues le estaba dando de comer a Valeria. Mi terapeuta me propuso asistir a terapia dos veces a la semana sin fallar y cuando dejara de amamantar a Valeria, si era necesario, recurrir a antidepresivos.
Hoy cumplo siete meses de tomar antidepresivos y aunque no estoy del todo curada, me siento completamente distinta y sobre todo tengo la fuerza para contar mi historia que hoy ha quedado atrás y espero sirva de mucho.
Hoy siento que mi hija es lo que más amo en la vida y es lo más hermoso que me ha sucedido. Me levanto cada día agradeciendo su llegada y espero que con el tiempo podamos seguir juntas compartiendo amor, desamor, felicidad y tristezas pues la vida no es sólo miel y ella mejor que nadie sabe que una mamá también puede estar triste, pero sólo si se tiene el valor de reconocer lo que una tiene, puede ser sana y con trabajo arduo, una buena madre.
Ha sido largo el camino de una recuperación que apenas comienza pero creo que sólo si conocemos a nuestros monstruos, sabremos cómo enfrentarlos. La depresión postparto es una enfermedad mental que hoy afecta a casi el 20% de las mujeres que dan a luz en nuestro país, según el IMSS, pero sólo es medible el porcentaje de mujeres que lo habla, así que no sé cuál sea el dato real. Yo pasé por esto y es una experiencia muy desagradable, pero lo más desagradable es no encontrar material que te informe sobre este trastorno, y lo más difícil, es que la gente a tu alrededor no conozca lo que te está pasando.
En este largo transitar tengo mucho que agradecer y no quiero dejar de mencionar a nadie así que no se ofendan si no los menciono pero hubo personas clave que de alguno u otro modo me hicieron mucho más llevadero todo este proceso, y por ello mis agradecimientos y mis bendiciones eternas.
Gracias Dios porque hoy me encuentro aquí con mucha fuerza e ilusión de vivir y me diste el mejor regalo que la vida me pudo dar. Gracias tía Ro por seguir siendo parte de mi familia y haberme enseñado dentro de muchas cosas que la lactancia es un trabajo de más de un día y también me enseñaste a no darme por vencida. Gracias a mi pediatra Ernesto por su inagotable paciencia y su disposición para tomar mis llamadas a cualquier hora. Gracias Héctor porque sin tu apoyo mi recuperación no hubiera sido posible. Gracias Yadi por escucharme y haberme abierto el camino hacia el entendimiento de mi depresión. Gracias Katia Thiele porque tuviste el valor de romper con los paradigmas al hablar de los tabús de la maternidad y me acompañaste con tu libro. Gracias a mi suegra porque supo cubrir con cariño la ausencia de mi madre. Gracias papá porque pudiste aguantar el verme llorar al mismo tiempo que mi hija lo hacía. Supiste ofrecerme la mano firme en que apoyarme sin derrumbarte al escucharme decir que ya no quería vivir. Gracias Pau porque al ritmo de las olas del mar supiste entenderme y siempre estuviste dispuesta a cuidar a Vale cuando yo me sentía cansada. Gracias Luis Alberto por tu forma silenciosa y activa de demostrar tu amor. Gracias Kary por tus sabios consejos y por transmitirme tu experiencia. Gracias comadre porque fuiste la única que notó que algo no andaba bien y supiste acercarte con amor aunque a veces no lo sepas expresar. Gracias hermanita por esas miradas de amor que siempre me das. Gracias Ara porque me hiciste ver que hay cosas que existen aunque no las podamos ver. Gracias Serafín porque más que un ginecólogo fuiste un amigo que nos acompaño en todo este proceso. Gracias Susy porque eres la mujer que con amor y dedicación has sabido cuidar a mi hija cuando yo no he podido y porque he aprendido de ti que los niños son las almas que dan felicidad y dulzura a la vida. Gracias Daniel porque aunque estés tan lejos, tus palabras de aliento vía chat fueron reconfortantes y me hiciste sentir que la amistad vale a pesar de la distancia. Gracias Luis por ser mi fiel compañero y amigo y porque a pesar de haberte encontrado muchas veces igual que yo, no desististe y nos demostraste a Vale y a mí que diario estás para nosotras. Gracias Valeria porque eres la luz de mi vida y la razón de mi existencia, eres mi deseo, mis ganas de vivir y mi estrella más brillante en el oscuro cielo. Gracias mamá por tu ejemplo de lo que una buena madre debe ser. Gracias porque nunca te has apartado de mí y en esas noches frías de 34° sentí tu abrazo y a lo lejos te escuche decir "hasta la noche más oscura termina con el amanecer".